Patentes, apropiación ilícita
Dice Marta Caravantes que el expolio alimentario y genético se está sofisticando, o sea, la creación de sutiles medidas, recursos y legislaciones por parte de los países ricos para apropiarse de los recursos naturales del Sur. La usurpación de la biodiversidad por métodos “legales” se lleva a cabo con la misma dinámica sofisticada empleada por aquellos desvirtuadores de la realidad que califican las guerras como humanitarias o llaman desarrollo a la perpetuación del bienestar para solo unos pocos. Uno de estos sutiles modos de robo es el actual sistema de patentes. Los famosos derechos de propiedad se han convertido en la clave para que unas pocas transnacionales acaparen los recursos naturales del mundo.
Mientras en los foros internacionales se constata como los mecanismos para acabar con el hambre no prosperan, las multinacionales compiten en una feroz carrera donde todo vale para patentar cualquier pedazo de vida que sea susceptible de negocio, ya sean especies de plantas cultivables, microorganismos, animales, procesos biológicos universales o segmentos genéticos procedentes de seres humanos. En su origen, el sistema de patentes trataba de estimular la innovación, premiar a los inventores industriales e impedir el robo de las nuevas creaciones. Nada más lejos de lo que ahora sucede. Esta fiebre patentadora está generando un gigantesco desastre económico en el Sur y pone en riesgo la supervivencia de la seguridad alimentaria.
Con el tejido legal bien entramado las transnacionales ya solo necesitan crear un lenguaje a su medida para que disimule el delito. “Bioprospeccion” es la palabra elegida para encubrir el robo de los recursos naturales. Con este término las multinacionales definen sus actividades de “exploración” de la biodiversidad, especialmente en las zonas donde viven pueblos indígenas, cuyos conocimientos milenarios sobre animales y plantas son recogidos por estos “investigadores” como si fueran hallazgos propios. En 1944, la empresa de biotecnología Agracetus obtuvo una patente que abarcaba todas las variedades transgénicas del frijol de soja, producto alimentario básico para millones de personas del mundo. Monsanto, la omnipotente compañía estadounidense, se opuso con vehemencia a dicha patente pues consideraba que “no implicaba ningún proceso creativo”. Tiempo después, Monsanto compró Agracetus y se hizo con los derechos mundiales de la patente e impuso un férreo control a su explotación. Entre otras cosas, impide esta empresa a los agricultores guardar una sola semilla de su cosecha para sembrarla en la zafra siguiente, como se hace en la agricultura tradicional. En 1999, Monsanto ya había denunciado a mas de 475 agricultores “bajo sospecha” de haber replantado las semillas.
En 1986 la “Internacional Plant Medicine Corporation” de EEUU, patentó nada menos que la ayahuasca, planta sagrada de los pueblos indígenas de la Amazonia. En 1944, dos investigadores de la Universidad de Colorado patentaron una variedad de la quinua, cereal rico en proteínas y parte esencial de la dieta de millones de personas en la región andina de América. En 2001, la empresa francesa DuPont patentó una variedad de maíz con alto contenido en aceite que ya se cultivaba en México de manera tradicional. En 1985, el importador de maderas estadounidense Robert Larson patentó algunos usos del árbol Neem, empleado desde hace milenios como planta medicinal en la India. Afortunadamente todas estas patentes han logrado ser revocadas tras las denuncias de las ONG y organizaciones indígenas. Pero quedan miles que aprietan el estomago del mundo.
El colmo de la fiebre de las patentes lo ha protagonizado una empresa japonesa llamada Asahi Foods, que patentó el nombre de “cupuaçu”-popular fruta amazónica de alto contenido nutritivo- como marca a nivel internacional. Esto impide que Brasil pueda exportar su fruta autóctona con su verdadero nombre. Es como si alguien registrase “manzana” o “banana” y se erigiera en el único capaz de comercializar dichas frutas con sus nombres originarios. El hecho provocaría risa si el daño que ocasiona no fuera tan dramático.
El alcance de este robo sistemático a los países del Sur es incalculable. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), solo el valor de las plantas medicinales del Sur utilizadas por la industria farmacéutica es de unos 32.000 millones de dólares al año. Muchas asociaciones han expuesto los riesgos que para la alimentación y salud humana tiene el actual sistema de comercio y patentes. Solo 10 empresas poseen una participación cercana al 84% del mercado global de productos agroquímicos, valorado en 30.000 millones de dólares; y 10 compañías controlan el 33% del mercado mundial de semillas, estimado en 24.000 millones de dólares. DuPont, Monsanto, Syngenta y Advanta son los que están poniendo en riesgo la seguridad alimentaria. Entre estas pocas compañías controlan el 66% del mercado global de pesticidas, el 25% del mercado de las semillas y prácticamente (el 100%), o sea, la totalidad del mercado de semillas manipuladas genéticamente.
La moda de la acumulación de patentes está degenerando en un lucro inmoral y desorbitado de algunas empresas cuyo mayor merito es haberse colado en el entresijo legal de los derechos de propiedad intelectual para registrar lo que no es suyo y despojar de los derechos de uso a sus verdaderos propietarios. Muy pocos se enriquecen a costa de que muchos, muchísimos, millones de personas, se condenen por estas manipulaciones a la miseria.
Resumen: La OMC avala a las grandes empresas para que estas controlen los recursos energéticos del planeta. Ellas están consiguiendo lo impensable: como es que se puedan patentar tanto los genes como los propios seres vivos y su descendencia. Así se hacen los dueños de recursos naturales o de animales y plantas que habían sido mejoradas durante milenios por toda la Humanidad, y que hasta ahora no tenían dueño. Un 40% de la economía mundial se basa en productos y procesos biológicos. Está prohibido conceder patentes sobre descubrimientos, pero las transnacionales se valen de un truco que les permite reclamar patentes sobre genes, sobre material biológico y sobre los propios seres vivos y su descendencia. Dicen que el hecho de aislar de su entorno natural o de reproducir la materia biológica constituye una “invención” que automáticamente convierte en inventor a quien cuente con los medios adecuados para secuenciar y reproducir en el laboratorio fragmentos de ADN, o hacer un cultivo de células. En otras palabras, esto es exactamente como si por fotocopiar una obra literaria, pretendiéramos arrogarnos los derechos de autor sobre la misma.
En los últimos años el número de solicitudes de patente se ha disparado, al igual que las cifras de comercio mundial de bienes protegidos por patentes, que han pasado del 12 al “4% entre 1980 y 1994. Los diez países más ricos acaparan el 90% de los royalties y tasas de licencia de patentes. Según la ONG Oxfam, 11.000.000 de personas morirán de enfermedades infecciosas en un año por falta de acceso (no pueden pagar los royalties y las tasas) a los medicamentos adecuados. Glaxo, una de las cuatro transnacionales que dominan la industria farmacéutica mundial, anunció en el año 2000 unos beneficios record de 5.320.000.000 de libras esterlinas, 14 millones de libras esterlinas en ganancias “diarias”. Se calcula que un 40% de las ventas mundiales de productos farmacéuticos corresponden a medicamentos derivados de extractos vegetales o productos biológicos. Se conocen más de 35.000 especies vegetales con valor medicinal, muchas ya patentadas. De las 7.000 plantas que constituyen la base de la medicina ayurvedica tradicional en la India están siendo sistemáticamente patentadas. Sobre genes están aprobadas o en proceso de aprobación 500.000 patentes, a pesar de que sabemos aun muy poco del genoma humano. Hay más de 160.000 solicitudes de patentes sobre genes o secuencias genéticas humanas. Cáiganse pa’tras, la empresa farmacéutica Phytopharm está desarrollando en Sudáfrica, donde millones de personas están afectadas por el Sida, “un medicamento inhibidor del apetito” basado en una planta autóctona de la región, llamada Hoodia, cuyo mercado potencial rondaría los 3.000 millones de dólares. Se han registrado 152 patentes que cubren 584 secuencias genéticas del arroz (ya no podremos comer paella sino pagamos), las lentejas ya tienen cinco patentes. Sobre carne, hay más de 500 patentes sobre el pollo, y varias docenas sobre el cerdo. Sobre el pescado se han patentado del salmón, atún, y del bacalao. Hay para las ensaladas, 774 patentes sobre el tomate, 52 de zanahorias y 41 del pepino. Además ya se han metido con las uvas, kiwi, naranjas, manzanas y también con el café, la soja, los cereales y las patatas. Las cinco empresas con mayor número de patentes sobre el maíz, son titulares del 84,9% de las 2.181 solicitudes registradas. Cinco empresas poseen un 85% sobre la patata, del trigo el 79,6%. Los agricultores ahora son peones de las transnacionales. La diversidad de la vida no tiene precio, ni puede tener propietario, no comprarse ni venderse, porque es algo esencialmente libre, y porque forma parte de la historia de cada pueblo, y de cada cultura, y de cada persona, y porque es algo común, de todos, y a nadie pertenece.
La ignorancia o la indiferencia sobre lo que nos están haciendo, personal o colectiva, ya no son excusas validas que rediman de la culpa a nadie.
domingo, 28 de diciembre de 2008
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